FIESTA
(Fotos gentileza de Vanesa Casado Sienes):

La gente espera a la sombra el reparto de anís y pastas en casa del Sr. Alcalde.

El acto es amenizado por los músicos con sus tambores y dulzainas.

Pero al rato, hasta la juventud sujeta las paredes...

 

 

Estas fotos, correspondientes a la fiesta del año 2002 contaron con gran asistencia. Aún así, sin tanta gente como lo que nos cuenta D. Rufino Sienes de los años 50, y con participación de bastante gente de Baraona ya que nos separan tres minutos de coche, o sea 3 Kms.

Hubo"invitación" a pastas y anís que tradicionalmente y después de la misa ofrece el Alcalde (acto reflejado en las fotos); y también el Teniente de Alcalde y Juez de Paz a los asistentes. La misa ya no es en latín, sino en el puro castellano de nuestro "Obispo Técnico Rural", D. Jacinto Egido.

La música es distinta a la que se menciona más abajo en el relato de los años 50, por supuesto; la gente ha cambiado; pero es necesario continuar celebrando conjuntamente estas festividades mientras haya alguien con ganas de divertirse y compartir la diversión con los demás.

 

FIESTA MAYOR EN LOS AÑOS 50

 

CELEBRACIÓN DE LA FIESTA MAYOR.

La fiesta grande o aniversario del pueblo se conmemora el primer domingo de octubre, festividad de su augusta Patrona: la Virgen del Rosario. Para el conjunto de la población el festejo se prolongaba por espacio de tres días y para las mozas y mozos hasta las últimas horas del cuarto. La actividad de cada jornada comenzaba con una rondalla (toque de diana) por las principales calles de la localidad. La misma estaba a cargo de la orquesta de turno y un reducido grupo de mozos, algunos de ellos con evidentes señales de haber pasado la noche en vela. A las once horas, aproximadamente, el sacristán acompañado por seis o siete mozos echaban a vuelo las campanas para llamar a los feligreses a la Santa Misa, en la ocasión oficiada por el sacerdote del lugar y dos o tres foráneos, entre ellos un predicador.

Como el festejo requería y entonces se acostumbraba, la misa era oficiada con toda solemnidad y en latín. El sacristán era el encargado de cantar la misa acompañándose con el órgano y acompañado a veces por tres o cuatro mozos previamente autorizados para ello. En algunos pasajes del oficio religioso y en la procesión que se llevaba a cabo al finalizar el mismo solía también intervenir la orquesta responsable de amenizar el festejo. Una vez finalizada la misa, la orquesta, acompañada por la casi totalidad de los mozos anunciaba el comienzo del baile matinal, a través de la correspondiente rondalla. La música que casi siempre se elegía para tal fin era la jota aragonesa y los mozos los encargados de interpretar las canciones populares cuya letra solía tener en ocasiones una destinataria y reflejaba con meridiana claridad la simpatía que la misma inspiraba al improvisado cantor.

Como no podía ser de otra forma por tratarse de fechas tan caras a los sentimientos de los lugareños, cada uno de los actos programados contaba con la adhesión masiva del vecindario. Avala esta afirmación el hecho de que cuando los integrantes de la rondalla arribaban a la plaza ya ésta se hallaba colmada por un público heterogéneo a la espera de que el baile comenzara. En un costado de la plazoleta ya mencionada, lugar reservado para el baile cuando en el frontón se disputaban los acostumbrados partidos de pelota a mano, instalaba su puesto el infaltable confitero de Barahona: el tio Esteban, persona de muy buen carácter y paciencia ilimitada para atender a los pequeños que se agolpaban en derredor del puesto, ávidos de canjear por golosinas el magro capital que para tal fin habían recaudado entre sus padres, abuelos y parientes cercanos. Ayudaba al tío Esteban en la atención del puesto un hijo suyo del cual tengo bien presente la fisonomía, pero cuyo nombre se halla perdido en los recovecos de mi memoria. Otro de les confiteros que muchos años acudía a la fiesta era el Fermín, también de Barahona.

El baile matinal se prolongaba hasta la hora de comer (las tres de la tarde, aproximadamente), hora en que los músicos anunciaban su finalización tocando la jota aragonesa; danza ésta en la que, salvo raras excepciones, no solía intervenir la juventud de entonces a causa de su impericia para ejecutarla, pero que era magistralmente interpretada por algunos casados. Prueba de ello es que la gente, ataviada con sus mejores galas en honor al festejo, formaba corro para seguir con sumo interés y premiar con aplausos su magnífica actuación. Entre estos bailarines se destacaban los matrimonios formados por el tío Simeón y la tía Daría, el tía Andrés y la tía Marcelina, el tío Eusebio y la tía Calixta y alguno más que en estos momentos no recuerdo. Quienes por lo general no podían disfrutar del espectáculo mañanero eran las amas de casa. Durante ese tiempo ellas se afanaban poniendo orden en el hogar y preparando los extraordinarios y exquisitos platos (loable forma, por cierto, de hacer honor al festejo) con los que más tarde deleitarían su paladar los integrantes del grupo familiar y sus ocasionales huéspedes. Estos últimos eran en algunos casos parientes más o menos cercanos, pero en su mayor parte se trataba de mozos y mozas de las localidades vecinas a quienes previa y gustosamente invitaban los jóvenes de la casa, deseosos de retribuir en alguna medida la generosa hospitalidad que de ellos habían recibido cuando año tras año acudían masivamente a las fiestas de sus respectivos pueblos. Es aquí de justicia señalar que en estos días ningún joven forastero se quedaba sin comer o cenar aunque careciera de amistades. En estos casos cualquier mozo o moza del lugar lo invitaba gentilmente a su casa. Por la tarde seguía el baile hasta la hora de cenar y después de cena hasta la madrugada; momento en el que la mayoría de los mozos forasteros emprendían el regreso a sus localidades, algunos de ellos dispuestos a repetir la experiencia al caer la tarde del mismo día.

En la conmemoración de la fiesta del pueblo la responsabilidad de amenizar el festejo estaba a cargo de una orquesta previamente contratada por los mozos del lugar. La mayor parte de las veces los músicos provenían del vecino pueblo de Valdelcubo y su dirección estaba a cargo, de los hermanos Ruiz, excelentes interpretes de la música rítmica (instrumentos de cuerda).