La descripción de los parajes rurales en esta página va acompañada de hechos, anécdotas y recuerdos que transmiten al lector una imagen fiel del modo de vida que allí se hacía. El paisaje rural no es sólo un campo sembrado, una acequia o una vereda: se convierte en paisaje con alma cuando se recuerdan vivencias y sudores dejados en el trabajo diario, y la huella de los antepasados que también cuidaron y arrancaron sus a veces escasos frutos.

 

Viniendo de Madrid, atrás hemos dejado la cuesta de Paredes, la divisoria de las dos Castillas. En la carretera comarcal se encuentran las ruinas de la "caseta" de camineros, hace cuarenta años habitada por el matrimonio Liberato-Macrina y sus hijas. El jefe de familia era el encargado de conservar en óptimas condiciones de transitabilidad el tramo de carretera correspondiente al término municipal de Alpanseque, labor ésta que, por cierto, siempre llevó a cabo con suma responsabilidad y esmero, circunstancia que se hizo acreedora a los más elogiosos comentarios de propios y extraños.

A nuestra derecha ha quedado una porción considerable de terreno cuyas características la hacían más apta para el pastoreo que para el cultivo de cereales en la que, consecuentemente, abundaban las fincas "perdidas", denominación que se aplicaba a los eriales. Por la izquierda se extiende "La Roza", vasta zona de monte poblada de encinas, comúnmente llamadas carrascas, algunas de ellas corpulentas y huecas en su interior; circunstancia que a veces era aprovechada por los enjambres de abejas para fabricar en dicho espacio los panales de miel. En las ramas más altas fabricaban sus nidos los cuervos, picarazas etc. etc. Era también el sitio apropiado para que los rebaños de ovejas se resguardaran de los inclemencias del tiempo en los días crudos de invierno. Por la noche se los encerraba en las llamadas tainas o parideras, una especie de cobertizos, la mayor parte de ellos hundidos en la actualidad.

Me permito, al escribir estas líneas, el recuerdo de las muchas horas y viandas compartidas con mis colegas de aquella época, siempre en el mismo lugar y al reparo de un matorral de chaparras, fogata de por medio para calentar el cuerpo y secar la manta, los días lluviosos y fríos del invierno soriano, mientras las ovejas, revueltas, sin cría por supuesto, se cuidaban solas y pacían o belloteaban hasta la hora de alojarlas en la taina. En ese momento cada una acudía puntualmente a su majada. Una vez encerradas, los pastores, sobre todo los jóvenes, solíamos esperarnos unos a otros para regresar despaciosamente al pueblo en grupo, bromeando o conversando de temas relacionados con la juventud y actualidad de la época: Reuniones, en suma, con muy buena onda, como está de moda decir ahora.

A la derecha entramos a través de un camino vecinal cuyo trazado de aproximadamente dos mil doscientos metros empalma con la carretera Madrid-Soria (Variante Guadalajara - Almazán ). Hace algunos años fue convenientemente acondicionado el viejo camino que unía Alpanseque con Barahona, permitiendo de esa forma el tránsito normal de los automotores entre ambas localidades, con Almazán y con Soria. Al ingresar al camino vecinal, a nuestra izquierda, paralelo a la carretera que recién hemos abandonado, se extendía un angosto paso de tierras yermas usado temporalmente por los pastores para conducir los rebaños a un abrevadero existente en el sitio llamada "El Ojuelo". A medida que nos adentramos despaciosamente en el camino vecinal es notorio como va paulatinamente suavizándose la fisonomía del paisaje. El sitio denominado "Paso de los Cambronales": otra estrecha franja de tierras yermas por donde los rebaños de ovejas debían necesariamente transitar entonces en su viaje de ida y vuelta a la "Fuente del Ojo" para saciar su sed convenientemente.

El camino bordea por nuestra derecha un pequeño trecho de "La Vega" del pueblo. Dicho espacio está conformado en sus tres cuartas partes, aproximadamente, por tierras de muy buena calidad en las que se cultiva trigo y cebada con aceptable rendimiento. El resto, constituido por las llamadas cabeceras, es de categoría muy inferior y por lo tanto incide notablemente en el desarrollo del cereal.

Previo cruce de un pequeño río por el puente conocido como "Puente de Barras", arribamos a la "Fuente del Ojo". En la misma surge un manantial cuya agua tiene ese sabor característico que le proporcionan las tierras arenosas y se remansa en diferentes compartimentos, acondicionados ex profeso para que los ganados sacien su sed cómodamente. El último de ellos, más espacioso y profundo, lo usábamos en nuestra adolescencia y juventud para darnos algunos chapuzones. En un costado de la pradera, como custodiando el camino por el que transitamos, se yerguen majestuosos unos chopos que son en su mayor parte retoños de aquellas primeras ramas que planté con mis propias manos, ocho lustros atrás, en una de las entonces frecuentes hacenderas. La fuente se halla en el costado opuesto y hacia ella dirigimos nuestros pasos con el propósito de apagar la sed acumulada y solazarnos contemplando como el viento del sur (el ábrego) mece las espigas, a punto de madurar, en toda la extensión que abarca nuestra vista. Sobre el lado oeste de la fuente pasaba el camino que conducía al paraje ya mencionado de "El Ojuelo", espacio donde a raíz de la Guerra Civil Española se erigió una capilla para entronizar en ella una imagen de la Virgen del Pilar. El hecho, copiado tal vez de "Covadonga", tenía por finalidad agradecer a la Virgen su intercesión para impedir que Alpanseque fuera tomado por el ejército de la República (los rojos se les decía) apostados en sus límites. Debido a la repercusión que al principio tuvo el acontecimiento, el día de su conmemoración peregrinaban hacia el lugar gentes de todos los pueblos vecinos portando banderas, comida, bebida, música y cuantos elementos contribuyeran a realzar el festejo. Como era previsible, la euforia de los cuatro o cinco primeros años fue declinando paulatinamente y la celebración terminó desapareciendo.

Cuando retomamos el camino nos separan exactamente mil metros del pueblo . Sobre el lado derecho está la zona de prados cuya hierba se cortaba con la "dalla" (guadaña) y era depositada en los pajares, una vez seca, para alimentar a los ganados. A ambos costados del camino, en un tramo de aproximadamente doscientos metros, se halla una zona de huertos: pequeños espacios, en su mayor parte separados por paredes de piedra rústica, donde entonces se cultivaban las más variadas clases de verduras, hortalizas y legumbres para el consumo de la familia. Salvo pequeñas excepciones, hoy sólo crecen en dichos espacios: brozas, los clásicos chopos y olmos enanos, entre algunos bien desarrollados. Pocos metros mas adelante, en un corpulento y añejo chopo, anidaron por muchos años las cigueñas. Antes de arribar a destino debemos necesariamente pasar por la curva y contra curva llamada "La Revuelta". A nuestra derecha se hallaba el huerto propiedad del tio Cirilo y en el un enorme nogal cuyas ramas se extendían por los huertos vecinos.

Vamos ahora a dirigirnos a la ermita por el camino donde antes eran colocadas unas cruces al comienza de la cuaresma y retiradas a su finalización. El conjunto de ellas representaba el camino seguido por Jesucristo para subir al Gólgota y cada una el lugar donde acontecieron los hechos más significativos. Las cruces (de madera) tenían por pedestal una piedra de arena grande con un agujero en el medio y estaban distribuidas entre la iglesia y la ermita. En la actualidad esta tradición también ha dejado de tener vigencia. El trazado del camino propiamente dicho cruza una pradera conocida con el nombre de "El Patín", donde entonces pastaban el ganado mular y caballar. El costado sur de la misma estaba ocupado por las eras ya mencionadas (ahora tierras de cultivo) y el norte por una zona de huertos. Las puertas de la ermita son dos y están cerradas en el momento de nuestro arribo. Ello, sin embargo, no es obstáculo para que examinemos su interior a través de los vidrios que posee cada una de ellas. Podemos así comprobar que todo se halla exactamente igual que antes: al fondo el pequeño altar con las imágenes de la Virgen de las Angustias y la de Jesucristo, recién bajado de la cruz, en el regazo de su augusta Madre. En el suelo de la nave, sobre el costado izquierdo, está el Santo Sepulcro tantas veces llevado a hombros por los mozos en los días de Semana Santa; al fondo, en cada uno de los dos rincones, una lámpara de aceite colgada con cadenas doradas. También ocupa el mismo lugar una cruz grande en la cual yace Jesucristo crucificado. A la derecha de la ermita nace el camino que antes separaba las dos añadas a las que hemos ya hemos mención y nos referiremos en alguna otra oportunidad: el camino de Sigüenza, lugar en el que mi padre tenía una amplia y bien construida taina a escasos 300 metros de la ermita, sobre el costado izquierdo del camino. Habida cuenta que con la llegada de la Concentración Parcelaria se siembra todo el término municipal, el camino fue eximido de esa responsabilidad.

El pasaje que transitamos ahora está flanqueado por los chopos que crecen en tres plantíos de diferente antigüedad. Los de la izquierda tienen ya muchos años y el de la derecha cuarenta, aproximadamente. Las primeras ramas que poblaron este último fueron plantadas en varios días de hacenderas de las cuales formé parte. Al salir de los plantíos ingresamos en la última calle que existe en el lado oeste del pueblo. El flanco izquierdo está poblado por los clásicos huertos. Si mal no recuerdo esta calle se llamaba "Calle de los Huertos" y finaliza, o comienza, depende del lado que se mire, en la "Calle del Caño" por la que oportunamente ingresamos al pueblo y nos disponemos a cruzar de nuevo para dirigirnos a "El Cestil", escenario este donde a lo largo del día y en noches nevadas de luna solíamos practicar los juegos entonces de moda y planeábamos algunas travesuras cuya ejecución no siempre era del agrado de nuestros mayores.

Accedemos, pues, a "El Cestil" por el lugar donde a finales de la década del treinta o principios de la del cuarenta, (no recuerdo la fecha con exactitud) se construyó una especie de cobertizo para albergar en él a los mendigos que por aquellos años recorrían los pueblos y ciudades de España implorando la caridad. El alojamiento era conocido con el nombre de "Chozo de los Pobres" y su correspondiente habilitación vino a derogar la vieja costumbre de alojar a cada pordiosero en la casa de familia que le correspondía, siguiendo el turno llamado "adra" a la que ya hemos mención. El cumplimiento de esta modalidad era fiscalizado por los alguaciles de turno, cargo en el que cada año se turnaban dos vecinos y al que se accedía siguiendo el orden de la fecha de casamiento. Cada vecino debía proveer al ocasional huésped de cena, un lugar donde pasar la noche y, a veces, el desayuno de la mañana siguiente. El dormitorio que generalmente se les asignaba era uno de los locales destinados a almacenar la paja y la hierba con las que durante el año se alimentaba al ganado mular y ovino.

Cuando el indigente estaba además impedido físicamente para desplazarse de un pueblo a otro por sus propios medios, era también trasladado, a lomo de mula, por el vecino que la "adra" determinaba. Como suele ocurrir en todos los colectivos de la sociedad, también en este grupo existían individuos que eran famosos por sus excentricidades y forma de vida. Entre ellos destacaban la tia "Anselmilla" y el tio Ciriaco, (madre e hijo) por su mal carácter y la sarta de blasfemias que proferían, sobre todo la primera, para atemorizar a los chicos que los seguían de cerca, llevados por la curiosidad, y a veces se mofaban de ellos remedando sus gestos y comportamientos.

En el plantío que se extiende por el lado derecho del albergue pacen unas ovejas, viejas y flacas, cuyo destino será el sacrificio una vez engordadas convenientemente. El encargado de cuidarlas es un niño de escasos ocho años que combate el calor de la jornada refrescándose en la escasa, pero cristalina agua que discurre por una acequia instalada en la parte alta del predio, lindero con la cerrada de la tia Matías: una de las mejores fincas del término municipal. Este plantío, al igual que otros dos o tres más que hay en el pueblo, y a los que ya nos hemos referido en alguna ocasión eran propiedad del Ayuntamiento y el usufructo de la hierba que en ellos crecía era todos los años adjudicada al mejor postor, a través de la correspondiente subasta. El adjudicatario, en consecuencia, disponía de tres meses, aproximadamente, para usar la hierba de la forma que mejor conviniera a sus intereses.

Por el costado izquierdo del chozo, a escasos veinte metros, quedan todavía vestigios de lo que alguna vez fue el horno donde se quemaba el yeso y algunas piedras de ese material, en bruto, diseminadas en derredor del mismo.

Bordeamos ahora la zona de huertos que circunda prácticamente el pueblo y nos detenemos en el sitio de propiedad familiar. Entre los muchos recuerdos que sobre este lugar desfilan por mi memoria hay uno que se destaca por lo desagradable que fue el hecho y lo trágico que el mismo podía haber resultado si, providencialmente, alguien que en aquel momento acertó a pasar por allí no se hubiera percatado de la situación. El hecho sucedió al comenzar la primavera, época en que los huertos se acondicionan para la próxima siembra aplicándoles las labores correspondientes. Tendría yo por entonces cuatro años y medio y me hallaba jugando con otros niños de mi edad, frente a la casa de mis abuelos maternos, cuando Félix, un primo hermano de mi padre, provisto de la correspondiente herramienta, se dirigía a trabajar en el mencionado huerto y le pedí que me llevara con él; solicitud a la que accedió gustoso, previo consentimiento de mi madre y abuela. Cuando llegamos al huerto, en el que había tres o cuatro pozos de escasa profundidad, gracias a Dios, Félix se abocó a dar vuelta a la tierra mientras yo disfrutaba a mis anchas correteando por el predio y probando puntería para introducir en alguno de los pozos, y desde una distancia acorde a mis fuerzas, los elementos usados como proyectiles que para tal fin había dispuesto. El hecho de que fueran más las veces que erré que los que acerté el blanco me llevó a querer empujar una rama que había quedado en la boca del pozo y caí de cabeza al interior del mismo; incidente del que mi familiar, enfrascado en su trabajo, no se apercibió. En consecuencia este hubiera sido mi final si la Providencia, personificada en el tio Evaristo, un vecino del pueblo que a partir de ese momento me quiso entrañablemente y a quien correspondí en la misma medida, no le hubiera avisado a mi pariente, quien con la con la urgencia del caso y un susto que no le cabía en el cuerpo, me sacó del pozo tomándome de los pies. Afortunadamente tanto el aviso como la celeridad en auxiliarme fueron tan oportunos que todo quedó en un gran susto y el correspondiente remojón.

El camino de Marazóbel y sus principales ramificaciones conducían a "Las Viñuelas", lugar donde se hallaban los colmenares; y al arenero o arenal donde las mujeres de la casa, especialmente las mozas, extraían la arena blanca para fregar los cacharros, reemplazada actualmente por productos químicos. En esta labor se empleaba también el estropajo ahora suplantado por esponjas de acero u otras fibras similares; a la "Muela", meseta de tierras pobres en general donde abundaban los eriales y se acostumbraba a depositar las caballerías que morían el pueblo. Sus cadáveres eran después devorados en poco tiempo por quebrantahuesos, cuervos, picarazas, etc. etc. ;.al "Val", a "Los Arrompios" y a la "Concordia", tierras fértiles destinadas al cultivo de cebada y trigo cuando la añada era de sembradíos y al de patatas, y judías cuando lo era de barbechos; a "Los Majanares", a "Los Villares, al "Morro de las Palomillas" y a "La Fuente de las Abejas". A los cuatro parajes últimamente citados se accede previo cruce de la carretera Soria-Madrid por la que ya hemos transitado y a los dos nombrados al final pasando además una acequia o pequeño río. El término municipal de Alpanseque, por este lado, finaliza donde comienzan los "Tallares" de Barahona. Tras ellos, oculto a nuestra vista, se halla el pueblo de Marazobel. El límite está marcado por una pared de piedra rústica a cuya vera crecen infinidad de majuelos. Hasta ese lugar íbamos muchas veces de pequeños, y no tan pequeños, a hartarnos y proveernos de majuelas.

El trazado principal de "Carra Barahona" y algunos de sus desvíos nos acercan a "La Moratilla" y al "Guijar", sitios también destinados en ocasiones a cementerio de las caballerías; al "Canto Blanco", ya en el límite con Barahona, y a parte de "Las Navas"; a los lugares donde estaban instaladas las tainas del tio Eusebio, del tio Félix, del tio Guillermo, del tio Cirilo, del tio Pedro "Polache" y la de nuestro padre; a la balsa de "los Navajos" donde abrevaban los rebaños de ovejas, en invierno previa ruptura, por parte del pastor, del hielo acumulado en sus orillas; a las cerradas y franja de tierras fértiles, también en "Los Navajos", delimitadas por el sur con "La Cordillera", elevación de terreno que separa los parajes mencionados de la "Muela" y en cuyo borde quedan aún vestigios de la que antaño fuera la taina del abuelo Bartolomé "El Habanero; y, finalmente, al resto de las "Navas", extensa vega en la que proliferaban los nidos de codornices y a la que en época veraniega acudían de toda España aficionados a la caza, con perros amaestrados, ávidos de proporcionarse solaz dando caza a las pequeñas e indefensas avecillas. Al norte, separado por escasos 2000 metros, en la ladera del cerro que corona un viejo castillo, se levanta el pueblo de Barahona de las Brujas ya descrito en palabras de Ortega y Gasett.

Cuando ya la noche ha comenzado su andadura emprendemos el regreso a casa rodeando la charca (balsa para la gente de la localidad) donde antiguamente se reunían después de comer las mozas y mozos del pueblo en procura de solaz. Las primeras lo hacían con la excusa de lavar la vajilla que la familia había usado para el almuerzo y algún otro plato, cacerola o perol que por desidia en algunos casos, o a propósito en otros, habían quedado sin fregar la noche anterior. Los mozos, por lo general, acudían a charlar animadamente entre ellos y con algunas mozas de los más variados temas mientras, con cierto disimulo, recreaban la vista mirando las piernas de las chicas cuando éstas, arrodilladas en el borde de la balsa, se estiraban para recoger la vajilla previamente depositada en el agua, a veces con manifiesta intencionalidad. En no pocos casos el encuentro había sido previamente acordado entre alguna pareja de noviecitos.

Antes de ingresar al pueblo pasamos frente al lavadero comunitario: una suerte de pequeña represa, a cielo abierto, formada por dos compartimentos donde otrora lavaban toda la ropa las mujeres de la localidad. El segundo compartimiento, visto desde nuestra posición, se usaba para el lavado a fondo de las prendas y el primero para dejar las mismas prolijamente aclaradas. El llenado de ambos se producía a través del caudal que les suministraba un manantial aledaño. Ello permitía que una porción de agua se fuera renovando constantemente y empujara a la más sucia hasta el escape instalado en la compuerta. Un grupo de ocho o diez mujeres, designadas también por turno, se encargaban de efectuar periódicamente una limpieza general del lavadero. Para ello abrían la compuerta, vaciaban en su totalidad los compartimientos y con el agua que después iba entrando procedían a limpiar convenientemente los mismos. Una vez finalizada la tarea cerraban de nuevo la compuerta y el agua se iba acumulando hasta alcanzar el nivel correspondiente.

En la noche todavía joven la luna está de asueto y las estrellas lucen intensamente en el cielo limpio de nubes. Desde nuestro ocasional observatorio dirigimos la vista en busca de aquellas cuyos nombres y posición conocemos sobradamente por habernos servido de brújula y reloj en las "largas" noches de primavera y verano que nos tocó pastorear el rebaño: las "Siete Cabrillas", "El Carro" y "La Estrella Polar". Y allí están, en el mismo lugar donde han permanecido a través de los siglos y seguirán permaneciendo en los siglos venideros para seguir orientando a las futuras generaciones.

Después de recorrer el último tramo de la "Calle Nueva" llegamos al transformador que suministraba energía eléctrica al pueblo. De este lugar partían dos caminos que llevaban el mismo nombre de los dos pueblos a que conducía su trazado principal: "Carra Pinilla" y "Camino de Romanillos", o también "Carra Medina", en el último de los casos. Las ramificaciones de ambos conducen a diferentes parajes del término municipal por los cuales transitamos infinidad de veces durante muchos años y todavía seguimos haciéndolo desde la lejanía a través de las imágenes que frecuentemente se proyectan en nuestra memoria.

Más adelante está la balsa de "Los terreros". Para llegar a ella había necesariamente que cruzar la acequia ya mencionada, por un puente que formaban dos losas del correspondiente ancho y grosor para permitir y soportar el paso y peso de las yuntas, carros, etc. que por allí circulaban. De este lugar, flanqueado por las eras del tío Cándido y de la tía María, partía un camino que conducía a los parajes de "La Cueva", "Galindo" Cabeza Chica", Alto de la Roza" y "Los retamales", entre otros. Cabe al respecto señalar que las acequias, sendas, caminos, etc. a los que hemos hecho referencia o podamos referirnos en lo sucesivo, fueron en algunos casos directamente eliminados y que en otros se cambió el curso de los mismos, cuando se llevó a cabo la Concentración Parcelaria, para adaptarlos a las exigencias de las nuevas parcelas. La balsa, vista desde muestra posición, queda a la derecha del camino. Por el costado izquierdo se extiende una franja de tierras similares a las de "Las solanas".

Avanzando por el camino se llega a "La Pila de tío Sastre" y a "Los Cuatro Caminos". Esta última denominación se fundamenta en el hecho de que allí nacían las ramificaciones por las que se arribaba a "La Umbría" y "Al Tomillar" a "La Solanilla" y al "Monte Hueco". El trazado principal continuaba por "Los Blanquedales", "Navarredonda" y "Los Colorados", éstos ya en el límite con Romanillos de Medina Celi. Los "Cuatro Caminos" formaban parte de las tierras perdidas (yermas) destinadas al pastoreo del ganado ovino durante los aproximadamente diez meses que transcurrían entre la época de siembra y recolección de los cereales que crecían en la zona (añada) . La ya mencionada balsa de "Los Terreros, también rodeada de sembradíos, era el lugar donde "bajaban" al agua (abrevaban) los rebaños; en ocasiones después de dar buena cuenta de la sal que repartían equitativamente sobre las piedras lisas del " salegar" aquellos "auténticos pastores de abarcas, zahones de cuero, zurrón y manta" a los que se refiere mi buen amigo y paisano, Miguel Moreno, en su libro titulado "GALERÍA DE ESTAMPAS Y COSTUMBRES", cuyo excelente prólogo estuvo a cargo de alguien que nos honra a ambos con su generosa y familiar amistad: Don Gumersindo García Berlanga.

La zona de eriales a que hemos hecho referencia, conocida con el nombre de "Paso", se extendía desde el límite con Barahona, por el norte, hasta casi el de Valdelcubo, por el sur. En este punto nacía otro "Paso" de similares características al anterior que atravesaba las dos añadas, uniendo por lo tanto, de este a oeste, el "Monte Hueco" y "La Roza". Cerca del nacimiento, en un rincón del sitio conocido como "El Navajo la Huesa", el terreno formaba una concavidad donde se juntaba el agua en las épocas de abundante lluvia. Ello permitía que los rebaños dispusieran de otro abrevadero temporario y opcional. En el mismo lugar había un pozo de escasa profundidad y deficiente entibado, donde también se depositaba el agua de lluvia que después tomábamos los pastores, apremiados por la sed. En su interior, siempre visible, se hallaba el único bote de lata, a veces oxidado, que en muchas ocasiones compartíamos para servirnos el líquido elemento. En las proximidades de "La Roza", el paso nombrado en última instancia se comunicaba con el usado por los rebaños para "bajar al agua" a "El Ojuelo" y a "La Fuente del Ojo", a los que ya hemos hecho mención en algún pasaje de este relato. A lo largo de ambos pasos se hallaban ubicadas las tainas donde se encerraban las ovejas. Por sus laterales se extendía una franja de tierras donde abundaban los pedregales, no aptas en consecuencia, para la siembra de algunos cereales.

El ya citado "Monte Hueco" es una porción de terreno poblado en su mayor parte de carrascas y algunos sectores donde crecen chaparras y matas de roble. Si la memoria no me es infiel, el conjunto está conformado por los parajes de "La Porrojona", "El Tajadal", (aquí también había un pozo de similares características, pero más profundo, al que hemos descrito anteriormente) "Los Cascajares", "Medio Monte","El Castillejo", "El Chaparral" y "El Verdugal". En este último lugar estrené y desempeñé durante algún tiempo el oficio de "albañil". Fue en la construcción de una taina grande que llevamos a cabo en su totalidad los varones de la familia y en particular mi padre q.e.p.d. y yo. Cabe al respecto señalar que en primera instancia encargamos dicho trabajo a los albañiles del pueblo, los hermanos Telesforo, Fernando y Juanito Dolado, pero en el momento de pactar las condiciones desistieron de llevarlo a la práctica aduciendo, y con sobrada razón, que levantar las paredes con un material tan difícil de trabajar les demandaría más tiempo del que estaban dispuestos a emplear. Consecuentemente, decidimos encarar el trabajo por nuestra cuenta. La tarea, como no podía ser de otra forma teniendo en cuenta nuestra inexperiencia en dicho menester y lo inapropiado del material, fue larga y sumamente dificultosa, pero el resultado final fue harto satisfactorio.

Por el este y sur hay otra zona de montes, denominada "Los Barrancos", cuya fisonomía difiere notablemente de la anterior por lo escarpado del terreno y por hallarse mayoritariamente poblada por una variedad de roble cuyo fruto, la bellota, no era apto para el consumo de las personas, pero sí muy apreciado por el ganado ovino. Toda vez que en la mayor parte de los casos lo abrupto del terreno dificultaba el tránsito de las caballerías, cuando se cortaba leña en estos lugares era menester rodarla manualmente hasta el camino que corre por la hondonada, espacio medianamente llano donde se procedía a formar las gavillas (ocho por cada caballería) y a la correspondiente carga de las bestias. La vuelta a casa se realizaba generalmente por el camino de acceso al "Monte Hueco".

Un desvío en el camino conduce a "La Vacariza",especie de vega donde, a pesar de lo a trasmano que se hallaba del pueblo, abundaban los sembradíos. A la entrada de la misma, contrastando con el entorno, surge una pradera de suaves pendiente y en ella un manantial cuya agua se remansaba en los pilones de cemento donde abrevaban los animales que ocasionalmente pacían en los alrededores. Hacia el este de la pradera se halla la franja de tierras destinadas a cultivo. El hecho de que este paraje estuviera tan alejado del pueblo, llegar a él insumía parte de la jornada. Consecuentemente, no eran pocos los propietarios de las fincas que en la época de siega, una vez que el sol se ocultaba en el horizonte y concluía la faena en otros puntos del término municipal, encaminaban sus pasos hacia ese apartado lugar para recibir en él al nuevo día e iniciar la tarea puntualmente.

Al sur de la "Vacariza", lindando con los montes de Romanillos de Medina Celi, Sienes, Torrecilla del Ducado y Valdelcubo, se encuentra la última parcela, también de monte, perteneciente a Alpanseque: "La Mata". Desde la pradera se llega a la misma subiendo una cuesta de regular pendiente y escasos matorrales. El descenso por el lado opuesto debe en todos los casos realizarse por senderos empinados y escabrosos, entre ellos el que bordea un farallón conocido con el nombre de "Piedra del Águila", que desembocan en el camino donde nacen las ramificaciones que se internan en "La Mata". Dicho espacio es similar al de "Los Barrancos" en cuanto a vegetación se refiere, pero totalmente distinto en lo que respecta a la configuración del terreno donde el mismo está ubicado. En este caso, y teniendo en cuenta que lo suave de su pendiente en la mayor parte de los lugares la hace casi imperceptible, podríamos decir que se trata de una llanada. Era por lo tanto el lugar preferido entonces para aprovisionarse de la leña que se consumía en los hogares, a pesar de ser, como ya hemos señalado, el monte más alejado del pueblo y de que para regresar a éste debía efectuarse un rodeo por el sitio llamado el "Berral", manantial éste de agua cristalina que brota de las entrañas de una gran elevación de terreno perteneciente al término de Valdelcubo, en el que crecían berros de excelente calidad.

Había yo decidido acercarme a pie hasta "El Berral", por un camino inaccesible para los automotores, con el propósito de cosechar algunos berros para consumirlos en ensalada. Pude comprobar, desilusionado, que los berros brillaban por su ausencia en toda la extensión que abarcaba el manantial. Nos aprestamos a seguir el camino que conduce a "La Mata". También aquí la fisonomía del paisaje había cambiado de tal forma a causa del desarrollo experimentado por la vegetación, que me resultó difícil determinar la ubicación de algunas "suertes" en las que otrora tantas veces había hecho leña. Los caminos de acceso a la "Mata" se habían cerrado de tal manera que ante la imposibilidad de transitar por ellos decidimos detenernos a merendar al pie de "La Piedra del "Águila".

Al igual que las tierras de cultivo, también las de monte estaban conformadas en su totalidad, y aún siguen estándolo en el último de los casos al no haber sido incluidas en la Concentración Parcelaria, por numerosas parcelas comúnmente llamadas "suertes". La propiedad del conjunto se halla dividida entre los vecinos del pueblo en porcentajes diferentes. Los límites de cada "suerte" estaban determinados por una fila de piedras colocadas en línea recta entre los mojones hincados en cada una de las esquinas. En algunos sectores la vegetación se componía de retoños provenientes de la última tala, medianamente desarrollados. En otros, por el contrario, la misma había alcanzado tal desarrollo y estaba tan tupida que había necesariamente que efectuar algunos rodeos para llegar a la "suerte" y muchos más para regresar al camino con las caballerías cargadas