Siguiendo un
turno llamado "adra" , la tarea de hornear el pan era
desempeñada en cada ocasión por un vecino distinto del pueblo.
El ocasional hornero comenzaba por anotar a las mujeres (hasta
completar 15 o 16) que pedían "vez" (turno) para
amasar el próximo día. Después, valiéndose de una especie de
horquilla de hierro provista del correspondiente mango, y con la
debida antelación, introducía leña en el horno hasta colmar su
capacidad. Por su parte, las amas de casa llenaban de harina una
"artesa" grande a la espera de que llegara el momento
de recentar, requisito indispensable para obtener una buena masa
que se llevaba a cabo la noche anterior al día de la cocción.
En las primeras horas de éste, el hornero procedía a encender
el fuego para calentar el horno. Después, mientras la leña se
iba consumiendo, recorría el pueblo y avisaba, casa por casa,
generalmente golpeando la puerta con un palo, a las mujeres
designadas para amasar en la primera hornada, más o menos en los
siguientes términos: "Juana, Antonia... que amases".
Cuando las amas de casa tenían listo el amasado lo depositaban
en una cesta grande de mimbre previamente revestida y después
tapada con las llamadas "maseras". Concluida la labor
despertaban al cabeza de familia o alguno de los hijos mayores
para que trasladaran la cesta al horno sobre sus espaldas;
misión ésta que no pocas veces se tornaba laboriosa teniendo en
cuenta que el volumen y forma alcanzados por el amasijo
dificultaban el normal mantenimiento sobre la espalda del
portador. 
El siguiente paso, ya a cargo de las mujeres, consistía en extraer de la cesta pedazos de masa para, en una plataforma de madera a tal fin dispuesta, someterlos a la última amasada y darles la forma que después presentarían las hogazas. Los pedazos de masa convenientemente trabajados los iban después depositando en los poyos de cemento instalados en dos laterales de la dependencia, los envolvían con las maseras y esperaban el momento de que estuvieran a punto para someterlas al proceso de cocción. Mientras tanto, y cuando ya el horno había alcanzado la temperatura correspondiente, el hornero procedía a juntar la brasa en un costado de la boca del mismo para mantener la temperatura, y a dejar el resto limpio de ceniza valiéndose para ello, entre otros elementos, de un palo largo provisto en la punta de las pertinentes "barbas": pedazos de trapos, casi siempre de lana.
El proceso continuaba introduciendo la masa en el horno. Para dicho menester las mujeres depositaban el amasijo en la "palilla": una tabla del tamaño y forma ideal, previamente espolvoreada con harina para facilitar el traslado a la pala usada por el hornero para llenar el horno. La labor finalizaba sacando el pan cuando había alcanzado el grado de cocción correspondiente. El pago que por los servicios prestados recibía el responsable de la hornada consistía en una hogaza de pan, llamada "poya", por cada una de las amas de casa que amasaban en los dos turnos.
OTRAS FOTOS DE ALPANSEQUE:
Iglesia, desde el
cementerio.
Desde la torre
Alpanseque, visto desde
"El Patín"
Jardín de Boni,
nevado.
Lavadero nevado.