;

Noticias de Baraona


"Todos eran nuestros muertos"

23 de Septiembre 2008


Cándido Salces Olmo

Gabriel Barriopedro Tejedor

Hace ya más de 70 años que España fue sacudida por una guerra civil, que en el caso de nuestro pueblo significó un número elevado de fusilamientos y el sufrimiento consiguiente de un gran número de familias. Como eco de aquellos acontecimientos, este año ha tenido lugar el desenterramiento de los restos de algunos vecinos del pueblo cuya tumba tenía situación conocida, en contacto con las asociaciones que en estas zonas de España han intentado recuperar los restos para ponerlos en el lugar común familiar de los cementerios.

La mayor parte de las muertes en Baraona tuvieron lugar en los primeros días de la guerra (julio-agosto 1936), en actos de pura barbarie, similar a las "limpiezas étnicas" que hemos visto en Yugoslavia o en países africanos, con la diferencia que aquí no hubo ni enfrentamientos armados ni "etnias" enfrentadas a otras. Con posterioridad, durante los tres años de guerra, se produjeron algunas bajas en los frentes y sabemos de otra en acto criminal cometido en Fernan Caballero (CR) sobre el clérigo claretiano nacido en Baraona, Gabriel Barriopedro, que se puede consultar en bastantes páginas de Internet.

Para abreviar, en esa, como en otras guerras, como en el terrorismo de nuestros días, hubo en realidad dos bandos: el de las víctimas y el de los verdugos. En el primero estuvo la gente indefensa, y en el otro aquellos que utilizaron ideologías o religiones para organizar pandillas de pistoleros que mataran a personas que pensaban de otra manera, o que, aunque no tuvieran pensamiento o ideología determinada, su muerte fuera utilizada para someter, oprimir y aterrorizar a la población ocupada.

Viene esto a cuento de las menciones que en las últimas semanas hemos oído en las celebraciones dominicales y de la Fiesta de Septiembre, en la iglesia de Baraona. Se ha acusado desde el ámbito ecclesiástico a quienes hoy actúan en las asociaciones de "memoria histórica", quienes simplemente están buscando los restos mortales de sus abuelos y reclamando para ellos ser reconocida la causa de su muerte. Se saca a recordar desde el sermón dominical, como contrapeso, a aquellos muertos que tuvo la jerarquía ecclesial en otras partes; como si los sucesos que ocurrieron a unas u otras víctimas tuvieran que equilibrarse de alguna manera para justificar a unos o a otros.

Hace unos meses, esta página pudo presentar la fotografía que había aparecido en Internet del seminarista claretiano Gabriel Barriopedro, muerto por cuadrillas de pistoleros pertenecientes al bando republicano, sin tener más "delito" que estar dedicados al servicio sacerdotal o a su aprendizaje. En otro momento pude tener y presentar la fotografía de Cándido Salces, que apareció casualmente al hacer reforma en la casa donde vivía en julio de 1936, cuando salió a segar con sus familiares y a su trabajo fueron a buscarlo los pistoleros del bando fascista. Ambos son parte de "nuestros muertos". Ambos fueron a la misma escuela, bautizados en la misma pila y ninguno de ellos fue juzgado, ni llevaba armas para atacar o defenderse, ni se sabe que hubieran hecho mal a nadie. La única diferencia la estableció quien ordenó esculpir el nombre en una placa en la iglesia, o aún hoy utilizándolo para defender privilegios de unos contra otros, mencionando a unas personas y no a otras, en función que el pistolero que se encargó de ejecutarlos estuviera presumiblemente "en su bando" o a en las filas del bando contrario.

No es preciso cavilar mucho para comprender la actitud que debió mantener el cura de Baraona durante la Guerra Civil: se debió volver sordo y ciego. ¿Hizo misa de funeral por los muertos de su parroquia? (No lo sé). Sé que había habido algunos "desencuentros" con los maestros en los días de las inauguraciones del edificio de la Escuela.(*) Por eso no es extraño que entre los fusilados figuraran el maestro y el alcalde. Había en el ambiente un enfrentamiento del poder ecclesial contra el poder civil de la República y es normal que hubiera "escaramuzas", pero el hecho de justificar, ocultar o ser cómplice por omisión de quienes asesinaron a sus feligreses significa cruzar una raya que entra totalmente en contradicción con las enseñanzas religiosas y el mensaje evangélico.

Creo que quienes hoy vivimos nos sentimos herederos de todas las víctimas inocentes; y rechazamos que alguien nos venga a imponer divisiones de "buenos" y "malos", a la luz de su propia ideología, en función de nimiedades como que en aquel momento usaran sotana o llevaran la zoqueta de segador. Nadie de este pueblo, que sepamos, participó en los lamentables hechos relatados del asesinato del obispo de la diócesis de Sigüenza. La culpabilidad de todas estas fechorías debe recaer principalmente en quienes se embriagaron de ideologías totalitarias muy comunes en aquellos años, que justificaban el desprecio a los derechos humanos elementales de toda persona, y de ahí pasaban inmediatamente a justificar su muerte. Los criminales estaban por tanto entre los poderosos, y las víctimas entre el pueblo llano inocente. Como siempre.

Que nos dejen en paz quienes intentan dividir a los vivos y a los muertos como "de los míos" o "de los contrarios". Ya sabemos bien del pie que todos cojeamos, y debiéramos todos saber que hay que poner exquisito cuidado al hablar en Baraona sobre estos temas.




(*) Véase el libro "Más de cien años de Historia de las Escuelas de Soria, 1812-1936", pág 223.

Detalle del enterramiento, bajo una tierra cultivada en Romanillos, de tres personas. Las albarcas es el único elemento del vesuario que ha sobrevivido al tiempo (desde agosto 1937 a diciembre 2007), junto a los huesos.


Agosto 2008

A. G.

Bibliografía: La represión en Soria durante la Guerra Civil