Hace ya más de
70 años que España fue sacudida por una
guerra civil, que en el caso de nuestro
pueblo significó un número elevado de
fusilamientos y el sufrimiento
consiguiente de un gran número de
familias. Como eco de aquellos
acontecimientos, este año ha tenido
lugar el desenterramiento de los restos
de algunos vecinos del pueblo cuya tumba
tenía situación conocida, en contacto
con las asociaciones que en estas zonas
de España han intentado recuperar los
restos para ponerlos en el lugar común
familiar de los cementerios.
La mayor parte de las muertes en
Baraona tuvieron lugar en los primeros
días de la guerra (julio-agosto 1936),
en actos de pura barbarie, similar a las
"limpiezas étnicas" que hemos
visto en Yugoslavia o en países
africanos, con la diferencia que aquí no
hubo ni enfrentamientos armados ni
"etnias" enfrentadas a otras.
Con posterioridad, durante los tres años
de guerra, se produjeron algunas bajas en
los frentes y sabemos de otra en acto
criminal cometido en Fernan Caballero (CR) sobre el clérigo claretiano nacido en Baraona, Gabriel Barriopedro, que se puede consultar en bastantes páginas de Internet.
Para abreviar, en esa, como en otras
guerras, como en el terrorismo de
nuestros días, hubo en realidad dos
bandos: el de las víctimas y el de los
verdugos. En el primero estuvo la gente
indefensa, y en el otro aquellos que
utilizaron ideologías o religiones para
organizar pandillas de pistoleros que
mataran a personas que pensaban de otra
manera, o que, aunque no tuvieran
pensamiento o ideología determinada, su
muerte fuera utilizada para someter,
oprimir y aterrorizar a la población
ocupada.
Viene esto a cuento de las menciones
que en las últimas semanas hemos oído
en las celebraciones dominicales y de la
Fiesta de Septiembre, en la iglesia de
Baraona. Se ha acusado desde el ámbito
ecclesiástico a quienes hoy actúan en
las asociaciones de "memoria
histórica", quienes simplemente
están buscando los restos mortales de
sus abuelos y reclamando para ellos ser
reconocida la causa de su muerte. Se saca
a recordar desde el sermón dominical,
como contrapeso, a aquellos muertos que
tuvo la jerarquía ecclesial en otras
partes; como si los sucesos que
ocurrieron a unas u otras víctimas
tuvieran que equilibrarse de alguna
manera para justificar a unos o a otros.
Hace unos meses, esta página pudo
presentar la fotografía que había
aparecido en Internet del seminarista
claretiano Gabriel Barriopedro, muerto
por cuadrillas de
pistoleros pertenecientes al bando
republicano, sin tener más
"delito" que estar dedicados al
servicio sacerdotal o a su aprendizaje.
En otro momento pude tener y presentar la
fotografía de Cándido Salces, que
apareció casualmente al hacer reforma en
la casa donde vivía en julio de 1936,
cuando salió a segar con sus familiares
y a su trabajo fueron a buscarlo los
pistoleros del bando fascista. Ambos son
parte de "nuestros muertos".
Ambos fueron a la misma escuela,
bautizados en la misma pila y ninguno de
ellos fue juzgado, ni llevaba armas para
atacar o defenderse, ni se sabe que
hubieran hecho mal a nadie. La única
diferencia la estableció quien ordenó
esculpir el nombre en una placa en la
iglesia, o aún hoy utilizándolo para defender privilegios de unos contra otros, mencionando a unas personas y no
a otras, en función que el pistolero que
se encargó de ejecutarlos estuviera
presumiblemente "en su bando" o a en las filas del bando contrario.
No es preciso cavilar mucho para
comprender la actitud que debió mantener
el cura de Baraona durante la Guerra
Civil: se debió volver sordo y ciego.
¿Hizo misa de funeral por los muertos de
su parroquia? (No lo sé). Sé que había
habido algunos "desencuentros"
con los maestros en los días de las
inauguraciones del edificio de la
Escuela.(*) Por eso no es extraño que
entre los fusilados figuraran el maestro
y el alcalde. Había en el ambiente un
enfrentamiento del poder ecclesial contra
el poder civil de la República y es
normal que hubiera
"escaramuzas", pero el hecho de
justificar, ocultar o ser cómplice por
omisión de quienes asesinaron a sus
feligreses significa cruzar una raya que
entra totalmente en contradicción con
las enseñanzas religiosas y el mensaje
evangélico.
Creo que quienes hoy vivimos nos
sentimos herederos de todas las víctimas
inocentes; y rechazamos que alguien nos
venga a imponer divisiones de
"buenos" y "malos", a
la luz de su propia ideología, en
función de nimiedades como que en aquel
momento usaran sotana o llevaran la
zoqueta de segador. Nadie de este pueblo,
que sepamos, participó en los
lamentables hechos relatados del
asesinato del obispo de la diócesis de
Sigüenza. La culpabilidad de todas estas
fechorías debe recaer principalmente en
quienes se embriagaron de ideologías
totalitarias muy comunes en aquellos
años, que justificaban el desprecio a
los derechos humanos elementales de toda
persona, y de ahí pasaban inmediatamente
a justificar su muerte. Los criminales
estaban por tanto entre los poderosos, y
las víctimas entre el pueblo llano
inocente. Como siempre.
Que nos dejen en paz quienes intentan
dividir a los vivos y a los muertos como
"de los míos" o "de los
contrarios". Ya sabemos bien del pie
que todos cojeamos, y debiéramos todos
saber que hay que poner exquisito cuidado
al hablar en Baraona sobre estos temas.
(*) Véase el libro "Más de
cien años de Historia de las Escuelas de
Soria, 1812-1936", pág 223.

Detalle
del enterramiento, bajo una tierra
cultivada en Romanillos, de tres
personas. Las albarcas es el único
elemento del vesuario que ha sobrevivido
al tiempo (desde agosto 1937 a diciembre
2007), junto a los huesos.
Agosto 2008
A. G.
Bibliografía:
La represión en Soria durante la Guerra Civil
| |